La clave: maestros y profesores

Publicado en el diario ARA, 17 de febrero de 2014

 

Durante las últimas semanas y meses hemos debatido largamente en nuestro país sobre educación y sobre política educativa. Basta mencionar tres episodios o temáticas: la tramitación de la LOMCE o ley Wert (una de las normas jurídicas más debatidas en la historia de la política educativa en España), la publicación de los resultados del informe PISA 2012 de la OCDE y la difusión también del Informe PIAAC sobre competencias básicas de los adultos en los países de la OCDE . A lo largo de estos meses, buena parte del debate se ha centrado en aspectos como la reforma educativa, la formación en competencias, la planificación académica, los currículos y la evaluación, la organización escolar, la enseñanza de las lenguas o la financiación de la educación. Pero, más allá de todos estos aspectos (sin duda relevantes en cualquier política educativa), podemos observar como un factor clave ha sido casi ausente, tanto en el debate social como en el técnico y político. Hablo de la figura de los maestros y de los profesores en el sistema educativo.

 

Su ausencia me ha hecho reflexionar, ya que lo considero un mal síntoma. Lo digo desde la convicción de que los maestros y los profesores constituyen la pieza clave de cualquier sistema educativo, aparte, por supuesto, los mismos estudiantes, que han de constituir el centro. Buenos maestros y buenos profesores generan una educación de calidad. ¿Por qué hablamos tan poco de ellos? Porque las leyes anteponen otros aspectos hasta casi la obsesión regulatoria y olvidan demasiado a menudo la pieza central del sistema? Soy de los que piensan que si realmente pretendemos mejorar el sistema educativo lo que principalmente nos falta es apostar decididamente por el factor humano: aquellos maestros y profesores (de cualquier etapa, desde la formación inicial hasta la universidad y la formación permanente) que generan pasión por aprender, para saber, para crear, para ser en definitiva. Y otorgarles capacidades de trabajo autónomo, en las escuelas, los institutos y las universidades. La autonomía de acción de los centros educativos y la de los maestros y profesores ligada a un auténtica rendición de cuentas, basada en la confianza e invirtiendo en una primera materia -el capital humano- que nos asegurará buenos resultados . En lugar de caminar con esta orientación, creamos sistemas que rezuman desconfianza, generan burocracia y regulan hasta la exasperación. La LOMCE, desde esta perspectiva, es un claro exponente. El resto de factores de la política educativa son sin duda relevantes, pero no situar en el centro del debate y de la acción de la política educativa los maestros y los profesores creo que no es el camino acertado. La misma LOMCE, en su largo preámbulo inspirador de los principios de la reforma educativa, prácticamente no hace mención de los docentes. Por el contrario, se concentra en la hiperregulación basada en la desconfianza, la centralización y la falta de impulso de un sistema educativo abierto e innovador.

 

A lo largo de la historia reciente hemos generado un legado destacado para la renovación pedagógica; asimismo, contamos con referentes de otros países que nos pueden ayudar a formar y desarrollar una profesión educadora potente, ambiciosa, como figura destacada de una sociedad moderna y avanzada.

 

Ahora que el debate sobre la repercusión de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación en la educación está más que nunca sobre la mesa, cuando hablamos de formación abierta online, y sin desmerecer que las tecnologías nos ayudarán a transformar la educación, sigo reivindicando el papel del maestro y del profesor como aquel que ayuda a pensar y a reflexionar, aquel que acompaña en el proceso formativo, más allá de la mera transmisión de conocimientos. También transmisión de valores y de referentes. Todos recordamos aquellos maestros que han influido en nuestra vida y en la confección de nuestros valores, y por el contrario a menudo no recordamos los conocimientos que nos transmitieron.

 

En esta línea, echo de menos también en la praxis educativa de nuestro país, que no se otorgue a la formación permanente del profesorado la importancia que se merece. Más aún en tiempos como los que vivimos, de cambios estructurales de una sociedad y de una economía en transformación, los docentes deben formarse permanentemente para adecuarse a nuevos requerimientos, a nuevas demandas y a nuevas realidades. Hablo, más allá de procesos de formación estandarizados con cursos de verano o similares de corta duración, de una formación integral que permita el desarrollo profesional permanente de los maestros y profesores. Su relevancia social es tan grande que no nos podemos permitir no situarlos en el centro de la acción de la política educativa.